Parábola del anciano y el caballo
Como suele ocurrir con las historias tan antiguas, no se sabe a ciencia cierta quién la escribió, aunque indagando un poco por Internet parece ser que viene de Oriente, concretamente de Lao-Tse. Yo se la oí a Mabel Katz en una de sus conferencias y la volví a leer en "la brújula interior" de Alex Rovira.
Voy a contarla según la recuerdo y con elementos narrativos de mi invención, pero la moraleja es la misma.

Había una vez un anciano que vivía con su único hijo en una humilde pero preciosa casa de campo alejada de la aldea y cerca de un bosque de donde obtenía la leña y de un río donde iba a sacar agua todas las mañanas. Para la obtener comida tanto él como su hijo trabajaban su pequeño huerto que les daba lo justo y necesario para vivir sin pasar hambre pero sin grandes lujos.
Era una época de sequía y escasez cuando un caballo salvaje, herido en una pata y desesperado por encontrar cobijo, comida y bebida apareció en la casa del hombre, que lo acogió, lo curó y lo cuidó. El caballo agradecido permitió a su nuevo amo y su hijo usar su ayuda en las labores de labranza.
Poco a poco se corrió la noticia por el pueblo y un día todos fueron a ver al noble animal y a alabar la buena suerte y milagro que para ellos aconteció. le decían:
- Anciano, qué buena suerte has tenido, justo cuando tus piernas empiezan a tambalearse y tu salud se tambalea aparece de la nada un caballo y se convierte en tu ayuda.
El anciano les miro con compasión y parecía que no iba a contestar nada, cuando dijo:
-Buena suerte? Mala suerte? Quien sabe?
Los habitantes de la aldea se miraron sorprendidos y algunos pensaron que era un desagradecido, otros pensaron que estaba loco, y algunos se diría que entendieron el mensaje.
Un día, tal vez transcurrido un año y tras una gran tormenta el caballo se escapó de la finca y a la mañana siguiente no había ni rastro de él. La tormenta había causado desperfectos en el pueblo pero todos se sintieron consternados por la mala suerte del anciano que había perdido su principal ayuda, así que subieron a hablar con él:
-Anciano, lamentamos tu mala suerte, antes sin el caballo hacías tus labores pero después con la ayuda del equino tu vida mejoró, y ahora tienes que volver a ensuciarte las manos y cargar con grandes esfuerzos.
El anciano de nuevo les miro, con el mismo gesto en la cara y volvió a contestarles:
-Buena suerte? Mala suerte? Quien sabe?
Definitivamente se ha vuelto loco pensaron algunos, otros entendieron el mensaje.
Tan solo una semana después, el caballo volvió con una manada de preciosos y sanos caballos. El pueblo se enteró de la noticia y volvió a ver al anciano para felicitarle:
- Anciano, qué sabio fuiste, sabías que tu joven caballo traería de vuelta su manada y te darían riqueza, ahora puedes vender los caballos y convertirte en el hombre más rico del país, qué buena suerte!
El anciano, volvió a contestar:
-Buena suerte? Mala suerte? Quien sabe?
Pasó el tiempo, y en un caluroso día estaba el hijo domando al último de los caballos y se cayó rompiéndose una pierna.
Enseguida, los habitantes del pueblo, ya con cierto recelo, subieron a visitar al anciano y con cierto regocijo le decían:
-Anciano, qué mala suerte tu único hijo se ha roto una pierna y tal vez quede tullido para siempre, cuando avance tu edad nadie podrá ayudarte.
El anciano, sin cambiar su gesto tranquilo volvió a contestar:
-Buena suerte? Mala suerte? Quien sabe?
Finalmente el país entró en guerra con su vecino y reclutaron a todos los hombres jóvenes y sanos para la guerra quedando exento el tullido hijo del anciano.
Subió entonces uno de los vecinos a visitar al anciano para de nuevo felicitarle:
-Anciano, qué buena suerte has tenido, en verdad es mejor tener a un hijo cojo a tu lado que no perderlo en una guerra, verdaderamente eres una persona con muy buena suerte.
El anciano miró a su vecino y de nuevo contestó:
-Buena suerte? Mala suerte? Quien sabe?
Me encanta esta pequeña historia. Te hace pensar sobre la relatividad de las cosas y los sucesos, y de cómo muchas veces pensamos que algo que nos sucede es una desgracia para luego descubrir atónitos que fue una bendición y viceversa... ilustra perfectamente el concepto de Yin-Yang, lo bueno forma parte de la realidad de lo malo y lo completa y al revés, para encontrar un perfecto equilibrio. (el Yin de color negro, es completado por un punto blanco, y el Yang de color blanco, necesita por contrapartida, ser completado con un punto negro).
A mi lo que me enseña este pequeño cuento es a intentar juzgar lo menos posible las cosas como buenas o malas, y esto es bastante complicado pues no sé si es por naturaleza humana o porque desde pequeñitos nos han enseñado a hacerlo (probablemente sean las dos cosas a la vez) pero tendemos a juzgarlo todo, hechos, personas y situaciones.
Cuando oí esta historia por allá en 2012 o 2013 estaba empezando un nuevo camino de autoconocimento que por supuesto continuará hasta el fin de mis días, pero recuerdo perfectamente cómo me dejó huella y por ello la comparto.

